Un historia de antaño

Como en todos los barrios antiguos de la Ciudad, las costumbres hace años eran distintas y hoy queremos recordar al lechero. En particular a Nicasio.

Nicasio no era uno más,  era un vasco que, como tantos otros inmigrantes, había llegado en 1922 buscando un lugar en el mundo y la Buenos Aires de esos años se convirtió en su hogar y lo cobijó de inmediato.

En un principio vivió en el campo junto a tres amigos. Ordeñaba vacas y hacía quesos. Pero pocos años después ya se instaló en la ciudad, más precisamente al barrio de Mataderos. Lo hizo  aceptando la invitación de Aragón, otro amigo español que había llegado antes y que le ofrecía la posibilidad de pagar en cuotas un reparto de leche.

En un principio se trató de vender pocos tarros de veinte litros, pero gracias a su esmerado trabajo, no tardó en llegar a los veinte o veintidós.

De esta manera, ya enl 1932, dos litros de leche costaban 25 centavos, lo suficiente como para que un hombre pudiese comenzar a construir una casa humilde y casarse. Así fue que conoció a Faustina Atondo Zabalsa y juntos tuvieron dos hijos a los que les dio educación. Con ellos, la semilla había florecido.

En aquellos días la leche llegaba por ferrocarril y simplemente había que trasladarse al vecino barrio de Villa Lugano para llenar los tarros. Pero cuando en invierno el campo negaba el buen pasto y la leche escaseaba, Nicasio iba a buscar dos o tres tarros a Primera Junta, aunque tuviera que pagarlos un poco más caros, para no quedar en deuda con ningún cliente.

Por entonces, las heladeras no existían, y para conservar la frescura de la leche colocaba bolsas de arpillera mojada sobre los tarros. Si al final del recorrido le sobraban algunos litros, se los quedaba en su casa esperando la llegada de algún cliente para poder vendérselos, antes de tener que tirarlos al día siguiente, cuando se echaban a perder.

Desde antes que ameneciarea, Nicasio “el lechero”, salía a hacer su recorrido con el carro tirado por un caballo. En realidad era un yegua y se llamaba Paloma. Faustina solía decir que le faltaba hablar, era tan inteligente que se paraba en el lugar exacto de la casa de los clientes. Para combatir las altas temperaturas del verano, Nicasio llenaba su boina vasca con hojas de parra humedecidas, y los días de lluvia se calzaba el piloto y botas largas. Había que salir como fuera, no se podía dejar sin leche a los vecinos.

Los tarros se lavaban todos los días con un jabón especial, y para combatir el abollado lógico del trajín, se golpeaban por dentro con una bocha de plomo o acero, porque al tarro abollado le entraba menos leche. El cierre era hermético con una tapa con cadena soldada. Del tarro grande se pasaba al de ocho o cinco litros y de allí al menor, de un litro.

Cuando Nicasio tuvo peones, cada cual se hacía cargo de un tarro de veinte litros y, cargándolo al hombro, caminaban cuatro o cinco cuadras, para volver al carro cuando se quedaban sin leche. Eso sí, si de pronto llegaba al barrio un vecino nuevo, todos los lecheros se apresuraban para ganárselo como cliente.

Y así, con los años, la carga llegó en camión y allí se abastecían todos los lecheros de la zona. Más tarde le llegó el turno a la botella de vidrio con tapa de cartón y luego los trabajadores de la leche formaron una cooperativa donde se proveían de manteca y dulce de leche. Pero además, los lecheros eran amigos y al término de la jornada laboral, se reunían a jugar al mus o al truco.

 

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